La primera vez que hablé en público lo hice con miedo, un miedo atroz, ése al que llaman miedo escénico.

Era 2003 y presentaba un trabajo de marketing delante de una clase de 40 personas en la universidad. No hubiese dicho que estaba nervioso. Ni siquiera me planteé si yo era de esos que hablaba bien en público. Simplemente salí al ruedo. Pero a medida que hablaba y miraba al profesor, pensaba que algo iba mal.

No le estaba gustando.

Miré a los compañeros que tenía en frente. En sus caras no encontré ningún signo de especial interés.

Seguí hablando.

Mi boca se secaba y cada vez me costaba más articular las palabras. La lengua se me pegaba al paladar.

Me forcé a seguir hablando.

Ya quedaba poco.

Entonces el profesor me interrumpió con una pregunta.

-Nacho, ¿qué es el marketing?

Directo al mentón.

La interpreté como una duda a las bases del trabajo que había hecho. Fue ahí cuando me hundí.

El pánico escénico

El pánico escénico o miedo escénico es el pavor que siente uno cuando sale a hablar en público. Es un miedo inconsciente, feroz e implacable. Hace que tu capacidad comunicativa caiga al nivel del suelo y encima te hace sentir estúpido. Tú sabías lo que tenías que decir, pero no fuiste capaz hacerlo.

Como decía Pericles:

“El que sabe pensar, pero no puede expresar lo que piensa es como si no supiese pensar.”

Lo peor de este miedo es que es difícil de controlar y suele acarrear consecuencias negativas.

A mí me costó un suspenso en marketing II.

 

Pero el pánico escénico – o glosofobia- , como muchos otros miedos, no proviene de tu falta de formación o de habilidades. A ver, conocer las mejores técnicas para hablar en público ayuda, pero antes de eso lo más probable es que debas replantearte qué es exactamente lo que piensas sobre ti o tu nivel.

Y ahí es donde entran en juego las creencias.

Qué son las creencias

Las creencias son generalizaciones que haces acerca de cómo funciona el mundo. Todas esas creencias unidas conforman un sistema de creencias que configura tu modelo de la realidad. Ese modelo es una simplificación de cómo crees tú que funciona el mundo.

¿Para qué sirve?

Para ahorrarte tiempo en tomar decisiones y no volverte loco.

Se dice que tomamos unas 35.000 decisiones al día. ¿De cuántas eres consciente? De muy pocas. Porque si tuvieses que evaluar cada una de las 35.000 conscientemente tu cerebro estallaría.

Imagina que tuvieses que analizar todo tu entorno cada vez que te pusieses a comer.

¿Este ordenador se puede comer?

¿Y la silla?

¿Tal vez el teclado?

Una vez hubieses tomado la decisión de ir a por la comida, ya habría caducado.

En tu sistema de creencias seguramente haya algunas creencias como:

-Los ordenadores no se comen.

-El teclado es difícil de masticar.

Tenerlas te ayuda a no revisar mentalmente tooooodas las decisiones que tomas.

Así, el tiempo de procesamiento se reduce y te conviertes en un espécimen más eficiente que es lo que le gusta a la naturaleza.

Puede que estas creencias te parezcan muy obvias pero el asunto pronto se complica. Para comprobarlo, pasemos al terreno de las relaciones.

¿Qué pensaste cuando no te contestó la llamada?

-Como no me llama significa que no le intereso.

o

-Está jugando a ver quién espera más. Le intereso.

El hecho –no recibir una llamada- es el mismo para todo el mundo, pero será tu sistema de creencias el que te hará pensar una cosa u otra. De ese pensamiento surgirá una emoción y, muy probablemente, una acción.

Visto desde este prisma, el poder de las creencias es enorme ya que define totalmente tu realidad. Aunque las creencias son solo tu visión de cómo funcionan las cosas, interiormente no las tratas como una mera visión, las tratas como verdades absolutas.

Un ejemplo que ilustra bien que las creencias son “tu” modelo de realidad y no “la” realidad lo puedes encontrar en la cultura india.

Si te digo que eructar mientras comes es de mal gusto tal vez me digas que no es una creencia. Es un hecho. Todo el mundo lo sabe. Es una realidad como que el fuego quema.

Pero tal vez tengas más problemas para explicarle esa “realidad” a alguien de Mumbai, donde eructar mientras comes no es signo de mala educación.

Espero que alguno de los anteriores ejemplos de creencias te haya servido para asentar el concepto. Ahora pasamos al siguiente escalón.

Cómo se forman las creencias

Las creencias de una persona se forman a medida que va interactuando con su entorno.

El niño que se lleva una bronca por pintar con bolígrafo la pared de su comedor interioriza una creencia que le llevará a pensar que:

Pintar las paredes del comedor está mal.

El adolescente que suspende un examen de matemáticas puede que desarrolle una creencia tipo:

Se me dan mal las matemáticas.

El adulto que lee una revista donde dice que el yogur no engorda podría desarrollar una creencia tal que:

Los yogures son sanos.

Las creencias se pueden formar cuando hablamos con la gente, cuando leemos libros, cuando vemos películas, cuando tocamos cosas, cuando las construimos, cuando las desmontamos, cuando nos vamos de vacaciones, cuando ganamos dinero, cuando lo perdemos o cuando sufrimos una infidelidad.

Prácticamente cualquier actividad puede generar una creencia.

Entonces, ¿las creencias son positivas o negativas?

Depende.

Creencias limitantes y potenciadoras

Las creencias se pueden clasificar de muchas maneras, una de ellas es la que las define como creencias limitantes o creencias potenciadoras.

Para simplificarlo, las creencias potenciadoras son aquellas que te permiten o te ayudan a lograr tus objetivos. Las creencias limitantes hacen justo lo contrario.

Un ejemplo de cómo pueden afectarnos las creencias está en la historia de la milla.

El 6 de Mayo de 1954, el record de la milla estaba en 4:01 y era propiedad del sueco Gunder Hag. Hacía 9 años que lo había logrado y, aunque muchos otros atletas habían intentado superarlo, nadie lo había logrado.

Algunos periodistas argumentaban incluso que el cuerpo humano no estaba preparado biológicamente para bajar esa marca.

Pero a las seis de la tarde de ese día todo cambió.

Roger Bannister corrió como un gamo y, cuando anunciaron su marca por megafonía, el estadio irrumpió en gritos: 3:59.

Había derribado un mito, había batido un record que llevaba casi 10 años intacto. Ahora sería el poseedor de ese record durante muchos años más… o no.

A los 47 días Roger Bannister se quedó sin record. El 21 de junio, el australiano John Landy, corrió en 3:58. La puerta se había abierto y los cuatro minutos una vez inaccesibles fueron traspasados una y otra vez en los años sucesivos.

¿Qué demonios pasó ahí?

Lo más probable es que, mientras la marca estaba en 4:01 y algunos periodistas deportivos jugaban a ser científicos, la mayoría de atletas pensasen que era imposible bajar ese tiempo. Su sistema de creencias albergaba una creencia que decía:

Un humano no puede correr una milla en menos de 4 minutos.

Esa creencia limitante les impedía derribar ese récord. Date cuenta de que ellos no pensaban que se trataba de una creencia, para ellos seguramente sería una certeza. Como que la Tierra es redonda o los huevos fritos contienen colesterol.

Pero llegó alguien que no compartía esa creencia y lo batió.

Cuando el resto de atletas se enteraron, no tuvieron más remedio que cambiar su creencia previa. Si Roger Bannister había podido hacerlo, es que el ser humano sí que está preparado para eso.

Lo que antes era una creencia limitante se convirtió en una creencia potenciadora:

-Si Roger Bannister lo ha logrado yo también puedo hacerlo.

Y ese cambio mental es el que propició que varios atletas superaran la mítica marca de 4:00 en los meses siguientes.

Este proceso no solo pasa en las pistas de atletismo. Se repite en todos los colegios, todas las universidades y todas las calles del planeta.  Lo malo es que, a menudo, sucede inconscientemente.

César y Enrique son dos amigos. Ambos tienen 12 años, viven en el mismo barrio y van al colegio juntos. En la clase de oratoria, el profesor les ha pedido salir a hacer un discurso. César da un discurso divertido sobre lo raros que son los adultos. Sus compañeros ríen y aplauden y, al acabar, el profesor le felicita. Un ejemplo de creencia que César podría desarrollar podría ser:

-Hablar en público es divertido.

Cuando es el turno de Enrique no sabe muy bien de qué hablar. Se repite a menudo, usa poco léxico y se pierde varias veces al explicar algo. Sus compañeros miran por la ventana mientras habla y su profesor le advierte de que debe trabajar mucho si algún día quiere hablar bien en público.

De camino al pupitre, el cerebro almacena la siguiente creencia:

-No sirvo para hablar en público.

Si las mirásemos objetivamente, ninguna de las dos creencias es cierta; por un lado, hablar en público no tiene por qué ser una actividad intrínsecamente divertida. Por otro, Enrique no tiene por qué ser un mal orador a pesar de esa mala experiencia.

Pero eso ni importa.

Lo que importa es que su cabeza las tratará como si lo fuesen y César y Enrique crecerán pensando que esa es la realidad.

Es probable que a César le ayude a seguir practicando y se vuelva un mejor ponente y que a Enrique le quite las ganas de volver a hablar en público y evite todas las oportunidades futuras que surjan para hacerlo.

Lo que en un momento fueron solo creencias acabaron moldeando la realidad de cada niño.

Cómo cambiar las creencias

Hay veces, como en el caso de Roger Bannister, que una evidencia te obliga a hacer un cambio de creencias. Es imposible ver como alguien baja de cuatro minutos y seguir pensando que el cuerpo no está preparado para lograrlo. Por desgracia, eso no sucede siempre y cambiar una creencia no es sencillo pues las personas tenemos una resistencia al cambio muy alta.

Una de las mejores herramientas para cambiar creencias es el reencuadre. El reencuadre es una técnica acuñada por la PNL, pero en realidad no es más que forzar algo que nos sucede a todos de vez en cuando, un cambio de perspectiva.

 

Si tienes un blog y, a los 6 meses de vida, no tiene más de 100 visitas al día puedes pensar que no sirves para escribir, que montar un negocio online es imposible o que tú no has nacido para eso.

Cualquier de esos pensamientos te alejará de tu objetivo inicial, tener un blog de éxito.

Hacer un reencuadre consistiría en darle un enfoque distinto a lo que ha sucedido para centrarte más en la parte positiva que la negativa.

Por ejemplo, después de esos meses y con más de 30 posts a tus espaldas podrías pensar que ahora escribes mucho mejor, que tienes más idea sobre marketing digital o que google te empezará a tener más en cuenta porque tu web ya tiene un contenido decente.

Cualquiera de esos pensamientos, tan reales como los anteriores, te ayudarán a mantenerte firme y lograr lo que quieres.

Eso es lo que vamos a hacer a continuación, cambiar creencias limitantes por creencias potenciadoras. En cuanto las instaures en tu sistema de creencias, la ansiedad al hablar en público irá disminuyendo de manera gradual.

Las 5 creencias limitantes más extendidas en el mundo de la oratoria

Basándome en las personas a las que he entrenado en los últimos cuatro años, he detectado cinco creencias que se repiten a menudo y que boicotean la confianza de los potenciales ponentes.

1. No soy un gran orador

La mayoría de personas que tienen miedo a hablar en público piensan que no son grandes ponentes.

¿Y sabes qué?

Tienen razón.

Como dijo Ralph Waldo Emerson

“Todo orador fue un mal orador en sus inicios”.

Tú, tengas la edad que tengas, es probable que estés en los tuyos.

Sí, puede que tú tampoco seas un gran orador.

¿Y qué?

¿De verdad necesitas ser un super-orador como Tonny Robbins para hacer esa ponencia? ¿Y para participar en esa reunión?

No lo creo.

A menudo nuestra visión de las habilidades necesarias para realizar una tarea está sesgada. Pensamos que necesitamos saberlo todo sobre esa materia para ser unos dignos ponentes, profesores o comunicadores.

No es así.

Yo no he estudiado cocina. Ni he visto los programas de Arguiñano. Ni siquiera prestaba atención a mi madre cuando intentaba enseñarme.

Pero eso no me impide hacer una tortilla de patatas o un buen estofado. ¿Sabes por qué?

Por qué sé lo suficiente.

Sé lo suficiente para cocinar.

Creer eso me ayuda a lanzarme con cada nueva receta que intento.

Si eres como la persona media, lo más probable es que tengas varias conversaciones al día con otras personas. Unas serán con una sola y en otras participarás en grupo. También es probable que, en esas ocasiones, ni sudes, ni tiembles ni tengas el ritmo cardíaco por las nubes.  Estás transmitiendo información oralmente y sabes lo suficiente como para hacerlo sin problemas.

Si sabes hacerlo en esas situaciones, ¿Por qué iba a ser diferente en otro entorno?

Si me respondes que en ese nuevo entorno estarán tus jefes, tus compañeros o quién sea que te vaya a evaluar, pasa a la siguiente creencia.

Pero de momento piensa en esto: eres lo suficientemente buen orador para hablar bien en público. 

2. Me van a evaluar y lo haré mal

Lo primero es cierto, lo segundo no tanto.

Uno de los ejercicios que hago en las formaciones consiste en salir a presentarte delante de tus compañeros. Cuando el participante acaba se sienta y le pregunto qué tal se ha visto. 8 de cada 10 solo aportan comentarios negativos.

-Estaba muy nervioso, quería decir una cosa y he dicho otra, se me ha olvidado la mitad…

En cambio, cuando pregunto al resto de compañeros, la gran mayoría no se ha dado cuenta de nada de eso y juzgan la presentación como competente.

Es probable que tú tengas un sesgo parecido con tu nivel de competencia. Es normal, quieres hacerlo perfecto y cualquier desviación de esa supuesta perfección acaba en sensaciones negativas.

¿Pero sabes qué?

Da igual.

Sí, da igual. Perdona que te diga esto, pero no puedes ir por la vida siendo tan egocéntrico.

¿Crees que esa ponencia va sobre ti? ¿Que lo importante eres tú?

No, lo importante es la audiencia. Estás ahí para aportar.

Tu objetivo debe ser aportar valor.

Olvídate de esa evaluación y en su lugar, intenta ser alguien útil para tu público. Ellos te están dedicando su tiempo y tú estás ahí para transmitir una información, para influirles.

Debes preparar la información de manera que sea fácil de entender y la gente pueda recordarla para que provoque un cambio en sus vidas.

3. No me puedo equivocar

He llevado esta creencia en mi mochila durante más años de los que puedo recordar. A los que somos perfeccionistas, si además se nos une el miedo al fracaso solemos sufrir la parálisis de la equivocación. Nos preocupa tanto equivocarnos que preferimos no hacer las cosas.

Este perfil siempre busca cualquier excusa para posponer la acción.

-Necesito más información, no están todos así que mejor lo posponemos, esta presentación se puede mandar por mail y no hace falta que hagamos la reunión…

Ja.

Excusas.

Pero es normal.

Vivimos en una sociedad que penaliza el error. Cada vez que te equivocas en la vida hay alguien ahí para escarmentarte. Tu padre, tu profesor, tu pareja.

Pero eso no es malo. Al menos no del todo.

¿Sabes por qué?

Porque no existen los errores. Existe el aprendizaje.

De hecho, sería una lástima no poder equivocarte porque aprenderías mucho menos.

Toasmasters International es un club de oratoria. Una de las actividades más apreciadas por los miembros es recibir feedback. Funciona así:

Un miembro sale y da un discurso. El resto del público escribe en un papel qué le gusta y qué podría mejorar y al final de la reunión se lo entrega.

Recibir esos papeles es el mejor regalo de la noche. A menudo, son 30 ideas para mejorar tu habilidad para hablar en público. Solo que apliques unas pocas, te estarás convirtiendo en un mejor orador.

A veces, cuando el miembro que sale a hablar es experto, lo hace muy bien y a la gente le cuesta decirle qué es lo que puede mejorar. El feedback consiste únicamente en elogios que acarician el ego pero que no promueven la mejora. Es una tragedia, lo peor que te puede pasar como orador. Sí, lo has hecho muy bien, pero sales de ahí sin ser mejor de lo que eras.

Por eso necesitas equivocarte.

No es que no te puedas equivocar, es que debes hacerlo. ¿O quieres tener el mismo nivel toda tu vida?

4. Necesito sentirme confiado para hablar en público

A primeros de julio mi hija Elea empezó a bañarse en la piscina. El primer día me costó más de 40 minutos convencerla para que saltase al agua y eso que yo estaba dentro con los brazos extendidos para cogerla.

Tenía miedo. Y ese miedo la paralizaba.

Pero a los 45 minutos sucedió algo. Decidió vencer su miedo y saltó.

Fue un momento genial.

Pensé que al día siguiente saltaría sin dudarlo, pero no fue así. Tardo 30 minutos en meterse en el agua de nuevo.

El fin de semana siguiente fueron 25.

Ayer la llevé a la piscina municipal y se tiró sin manguitos incluso antes de que yo hubiese saltado. Había vencido el miedo por completo.

Cuando se trata de vencer el miedo, todos pensamos que necesitamos más experiencia. La experiencia nos hará sentir más confiados y entonces no tendremos miedo y podremos hacer lo que sea que queramos hacer.

La realidad es que, si esperas a sentirte confiado, nunca lo vas a conseguir. Ana ya habló en este blog sobre cómo aceptar la incertidumbre.

El mejor truco para perder el miedo es enfrentarse a él.  Como hizo Elea.

Y cuando lo hayas hecho una vez, la próxima será más fácil. Y la próxima todavía más.

Y, antes de que te des cuenta, llegará un día que saldrás a hablar en público sin manguitos.

No necesitas sentirte confiado, debes dar el primer paso para que un día puedas sentir esa confianza.

5. Estoy muy nervioso

Cuando era pequeño mi día preferido del año eran San Juan. Por encima del día de Navidad, de mi cumpleaños o incluso del día que mi madre hacía hamburguesa con patatas fritas para cenar.

Durante la noche de San Juan, en Barcelona, la gente tira petardos y a mí me parecía que no existía nada en el universo que me pudiese hacer más feliz.

Cuando se acercaba la fecha, iba con mi hermano a buscar el catálogo de petardos con las ofertas y pasábamos horas eligiendo nuestra compra.

-Tres cajas de estos barrenos que son los mejores.

-No, cuatro que luego se nos acaban.

-Venga, cuatro. Estos cohetes, el double boom…

Durante los días previos a la compra el entusiasmo me desbordaba. Cuando hablábamos de ello en la cena sentía un cosquilleo en el estómago, mi pulso estaba acelerado y hablaba más rápido de lo normal.

No estaba nervioso. Estaba emocionado.

En las finales nacionales de oratoria de 2014 noté eso mismo al salir al escenario. Estaba en la grada y, mientras bajaba las escaleras, noté como el pulso se me aceleraba y crecía el cosquilleo en el estómago. ¡Eran los mismos síntomas que el día de San Juan!

No estaba nervioso. Estaba emocionado.

Puede que sientas los mismos síntomas cuando sales a hablar en público y crees que estás nervioso pero la realidad es que estás entusiasmado. Vas a hacer algo que te sacará de tu rutina, algo que te alejará de la pantalla del ordenador y te acercará a otras personas. Tu cuerpo lo sabe y se activan las señales de emoción.

¿Hay algo mejor que eso?

Resumiendo: ¿Qué tengo que hacer para hablar bien en público?

Las cinco nuevas creencias que debes instaurar son:

  1. Eres lo suficientemente bueno para hablar en público.
  2. No pienses en la evaluación, céntrate en aportar valor.
  3. Necesitas equivocarte para poder
  4. No necesitas sentirte confiado, hay que hacerlo con miedo.
  5. No estás nervioso. Estás emocionado.

Interioriza estas creencias y verás que el miedo al hablar en público se va reduciendo con cada nueva presentación que hagas.

Si conoces alguna otra creencia que pueda ayudar a los demás a vencer el miedo a hablar en público o si has tenido alguna buena o mala experiencia ¡cuéntamelo en los comentarios!

Más sobre el autor

Nacho Téllez es dos veces campeón español de oratoria y en su blog ayuda a las personas a hablar mejor en público y hacer presentaciones memorables.

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