Cuando estudiaba la carrera de psicología me conciencié muchísimo de la importancia de validar científicamente las terapias que usaba con los pacientes. Desarrollar este criterio tiene muchas ventajas, puesto que siempre vas sobre seguro y sabes que las personas que vienen a ti van a mejorar con mucha certeza, pero tiene una parte negativa, cuando aparecen técnicas nuevas que funcionan de maravilla, tardas muchos años en incorporarlas a tu forma de hacer terapia esperando a que sean validadas por estudios rigurosos.

Exactamente esto fue lo que me pasó con el mindfulness. Al principio el término me resultó curioso, intenté leer algo sobre la técnica, pero no entendí gran cosa. Me pareció charlatanería barata. ¿Cómo una técnica basada en la meditación oriental iba tener tantos beneficios? No me imaginaba cómo me iba a cambiar la vida con el mindulness.

Me negué durante años a formarme en mindfulness alegando que era una técnica muy novedosa y que todavía no había evidencia científica. La verdad, me estaba autoengañando, por qué el día que me puse a buscar artículos científicos que demostrasen los beneficios del uso de esta técnica, casi me caigo de culo.

No me lo podía creer. La evidencia era brutal. Miles y miles de investigaciones demostraban lo que yo no quería ver. Ni corto ni perezoso me fui directo a una librería especializada y me compré un manual de mindfulness.

Cómo cambiar tu vida con Mindfulness (Experiencias de un psicólogo)

Mi primera experiencia con el mindfulness

Dicen que las primeras prácticas con mindfulness suelen ser difíciles, puesto que no estamos acostumbrados a estar a solas con nosotros mismos y los pensamientos dan vueltas a la cabeza como si estuviesen en una lavadora. Puede hasta que nos asustemos, puede que tengamos estrés, ansiedad o incluso miedo.

La verdad, a mí no me pasó. Estoy acostumbrado desde hace años a hacer relajación y autohipnosis, por lo que supongo que la primera fase ya la había pasado.

La primera vez que practiqué mindfulness fue en mi casa. Se suponía que tenía que centrar toda mi atención en la respiración. Sin modificarla, solamente observando. Los primeros minutos noté que mi atención se distraía con los pensamientos y era difícil de controlar, pero poco a poco me fui centrando en la diferencia de temperatura del aire al entrar por las aletas de la nariz y al salir.

En un momento dado, una sensación de calma y de aceptación del momento presente me invadió.  Solamente había tenido una sensación así alguna vez mientras hacía deporte intenso. No necesitaba nada más. Solamente mi respiración y yo. El momento era perfecto. No era felicidad, era algo mucho más sosegado, una sensación de bienestar, de conexión con la vida y el momento.

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Al acabar notaba el pensamiento mucho más calmado, estaba consiguiendo vivir el momento presente, me sentía conectado con todo, sentía que era parte de la naturaleza, parte de la humanidad, un pequeño engranaje de un todo total. (Soy consciente de lo raro que suena…)

 ¿Cómo me cambió la vida?

Empecé a dedicar 10 minutos al día a practicar diferentes ejercicios de mindfulness. Cada vez conseguía concentrarme más. Mi atención era cada vez más fuerte y conseguía pasar más tiempo realizando los ejercicios.

En esos momentos tenía un trabajo en el cual no me quedaba más remedio que ver 15 o 16 pacientes seguidos. Imagínate el dolor de cabeza con el que acababa todos los días. Creía que era imposible atender de la misma forma al primer paciente que al decimosexto. Pues de nuevo me equivocaba.

A partir de empezar la práctica del mindfulness, con tan solo unas respiraciones era capaz de conectarme con el momento presente y atender con atención plena a la persona que tenía en frente. Noté en seguida que era capaz de empatizar mucho más, generaba conexiones más rápidas con los pacientes y era mucho más preciso con mis preguntas y explicaciones.

Lo mejor de todo es que el cansancio y el dolor de cabeza cada vez iban a menos. Conseguía llegar al final del día con energía y cada vez tenía una sensación de bienestar más profunda.

La mente de principiante

Uno de las características de la práctica del minfulness es el desarrollo de la mente del principiante. Es decir, desarrollar la capacidad de vivir situaciones cotidianas como si fuesen nuevas.

Reconozco que me costó cierto tiempo hasta que empecé a ser capaz de sentir este beneficio. No recuerdo si fue al mes y medio o a los tres meses de empezar a hacer mindfulness, pero sí que recuerdo que la primera vez que experimenté la sensación fue en un viaje en coche.

Era un trayecto que hacía todas las semanas. 200 kilómetros de los cuales en 140 el paisaje era una llanura de olivos. Bastante monótono…

Pues precisamente en mitad de la estepa Sevillana, en mitad de un olivar, empecé a forzarme a vivir el momento. A los pocos segundos de centrarme en la respiración, comencé a experimentar la apertura mental y la aceptación total de lo que ocurría. Me conecté absolutamente con el presente y tuve la sensación de ser un niño que ve por primera vez los olivos.

Disfruté de la luz del sol, de las montañas, de las curvas de la carretera, de la música de la radio. Fueron unos minutos maravillosos. Desde entonces, las cuatro horas de coche semanales (Dos de ida y dos de vuelta) han dejado de ser tan desesperantes como eran antes.

Ojo, todavía no consigo pasar todo ese tiempo en un estado mindful, pero dadme tiempo…

¿Dónde está mi miedo?

Pero el día que me di cuenta de que estaba ante una técnica revolucionaria, fue el día que me tocó subirme a un avión.

Llevo teniendo miedo a volar desde hace casi 8 años. Si, sé que es irracional, sé que no tiene sentido, también sé que soy psicólogo y supuestamente no se puede tener miedo a nada (Nada más lejos de la realidad) y que tengo que tratármelo.

Había empezado a practicar mindfulness hacía unos dos meses. Ya tenía cierta soltura con la técnica y era capaz de manejar mi atención con cierta soltura. Me tocaba la prueba de fuego. 3 horas de vuelo, Madrid-Budapest.

El despegue siempre ha sido la parte que más miedo me ha dado, por lo que nada más sentarme empecé a centrarme en mi respiración.  Me costó más que otras veces, mi cerebro no dejaba de mandarme pensamientos catastrofistas a mil revoluciones por minuto, pero a los pocos minutos conseguí centrar la mente.

El despegue transcurrió sin rastro de miedo. Estaba entre eufórico y sorprendido. No me podía creer haber sido capaz de llevar un despegue tan bien. Pero el viaje me iba a poner a prueba de nuevo. Y de qué manera…

Cuando llevábamos aproximadamente una hora y media, el avión comenzó a moverse. Al principio muy poco, pero a los minutos las turbulencias eran bastante violentas. Desde el primer segundo en el que noté el movimiento me puse a centrarme en mi respiración. Entré en un estado de aceptación en el que conseguía atender a mis sensaciones fisiológicas de miedo (Latidos de corazón acelerados, tensión muscular, sudoración etc.) sin tener la sensación subjetiva de que era una emoción negativa.

Simplemente ahí estaba yo, a 9000 metros de altura, encima de algún punto del mar Mediterráneo, con el corazón a 150 pulsaciones, rodeado de gente gritando, pero sin sensación de que experimentaba algo malo.

El movimiento cesó, aterrizamos sin problemas, disfruté de Hungría y desde ese día me convertí en un devoto del mindfulness.

Al volver de viaje comencé a entrenar a las personas que acudían a mi consulta en esta técnica y comprobé, esta vez como terapeuta, los cambios que se producían. Es alucinante ver los efectos en el estado de ánimo y en la reducción de ansiedad que supone la práctica del mindfulness tan solo diez minutos al día.

Mi conclusión y un regalo

Mira que me costó acercarme a la dichosa técnica, pero la experiencia propia que he tenido con ella ha sido absolutamente reveladora. Consigo disfrutar más de mi vida diaria, he mejorado mi autoestima, hago más deporte, me concentro más, soy capaz de atender a todas las personas que buscan ayuda con la misma dedicación, me ha ayudado a regular emociones de una forma eficaz y uno de los efectos que desconocía pero que más me gustan es que me llena de energía.

Te animo a que, si nunca has probado el mindfulness, lo hagas ahora mismo. No te dejes convencer por la experiencia que yo tuve, déjate convencer por los miles de estudios que avalan la técnica (Sigo siendo un científico convencido) y aprende a vivir cada minuto de tu vida al 100%.

Además, como premio por llegar hasta aquí, quiero regalarte mí un ebook con 19 señales de que eres una persona feliz. Espero que lo disfrutes.

¿Y tu? ¿Cómo cambió tu vida el mindfulness? Cuéntamelo en la sección de comentarios

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